La Raíz del Mal sigue Intacta

 

Javier Darío Restrepo

El taxista se detuvo, abrió la puerta y sin más, como si reanudara una conversación interrumpida, dijo: "Liberaron a Ingrid, ¿sabía?". Y durante el viaje aprovechó los comerciales de la radio para comentar. En la calle veía a la gente en pequeños grupos que oían la radio con caras de felicidad. El portero abrió mecánicamente la puerta sin prestarme atención porque estaba pendiente de un pequeño televisor en donde se contaba la historia. Y las personas que iba a encontrar no tuvieron otro tema. Había una alegría colectiva, la solidaridad con los recién liberados era contagiosa. La de ayer fue, pues, una jornada de alegre solidaridad.

Era una alegría más pura que la de un campeonato, o que la de un triunfo político; más pura, incluso, que la de aquel día en que celebramos el premio Nobel de Gabriel García Márquez. Esta de ayer fue la alegría por el bien ajeno, por la vida y la libertad de unos seres humanos. Pero esas celebraciones alegres operan como un anestésico e insensibilizan para otros datos. Es como si no dejaran ver el otro lado de la alegría.

Ayer mismo había la noticia de un bebé de Tulúa que había sido secuestrado, y en el último mes han aparecido réplicas del caso de aquella mujer aprisionada y violada por su propio padre. Son historias parecidas a la de los secuestrados por las FARC porque en ellas aparece la misma manifestación del mal: el ser humano convertido en medio para un fin. Para las FARC, los secuestrados son medios para obtener provechos económicos o políticos; el secuestrador del bebé lo hizo para negociarlo, y el secuestrador de su hija la convirtió en instrumento de placer. Pero la enumeración no termina ahí. El taxista se volvió para preguntarme: "¿A quién le servirá políticamente esta liberación?". Antes había especulado sobre el monto de la recompensa para el infiltrado, recordando los millones pagados al que entregó la mano amputada del jefe guerrillero y del informante que sirvió para la localización del campamento de Raúl Reyes.

El mismo no se daba cuenta de que, en su comprensión de las cosas, el fin de las acciones no son los seres humanos. Estos siempre están subordinados a un fin, y al comentar la liberación que nos alegraba, operaba la misma perversa lógica: el dinero como fin y la libertad de las personas como un medio. Entre el dinero de la corrupción y el que persuade informantes o infiltrados, estamos construyendo un imperio en el que el dinero es el gran motor de las acciones, aún de las que parecen más nobles.

A los narcotraficantes la sociedad les reprocha su febril e inescrupulosa búsqueda del dinero, el hecho de haberlo convertido en la razón de ser de sus vidas, pero las diferencias con ellos no son tan grandes, el razonamiento es el mismo: todo vale con tal de obtener un fin. Se secuestra a los seres humanos, se los libera, se los exhibe entre aplausos, con un fin: dinero, éxito político, consolidación de un gobierno. Mientras el ser humano se use como medio para cualquier fin, estará abierta la puerta por donde entran todas las opresiones. Me alegra la liberación de Ingrid y de los demás, pero me apesadumbra saber que la raiz del mal sigue intacta.

Anúncios